EN EL NOMBRE DEL SICU (Extracto)

Posted on Posted in discografía

Noche de Pascuas

Bueno, dejándome arrastrar por la añoranza hacia lo que todavía no existe, casi pierdo contacto con el tema central del presente tratado: Zampoña y Sicu, decíamos, dos caras de un mismo planeta. Hasta aquí hemos rastreado la cáscara del fenómeno. Ahora, invocando su nombre aymara, nos tocará internarnos en las memorias de su propia génesis ancestral.

Hay varios cuentos sobre el origen del Sicu, todos sumamente poéticos; pero el más surrealista entre ellos se narra solo, durante la noche de Pascuas, en las calles de Conima (Puno-Perú).

Sepa el lector desenterado que, por las playas de esa cuesta del Titicaca, abunda la planta llamada Sicuta, o perejil lacustre, una suerte de junco o totora verde.

Recita el decálogo de esta festividad que la tarde del sábado de Pasión, niños y muchachos en edad pre-pubescente bajan al lago a cortar algunos tallos de estas plantas y, en privado, proceden a la fabricación de unas pequeñas flautas de pan pentáfonas de ocho canutos, por medio de este mismo material aun fresco. En la siguiente noche, instruidos y guiados por los más grandecitos entre ellos, realizarán la misteriosa danza del Loco Palla palla o Loque Palla kuya, personaje mítico y belicoso, con su gran bicornio penachudo, su atuendo negro adornado con flecos blancos de papeldiario y su cola de escorpión levantada que termina en una mata de espinas de cactus… Más que un personaje, este Loque parece un animal nocturno, un cruce entre un murciélago y un insecto gigante sacado directamente desde alguna vieja película de ciencia ficción en blanco y negro. ¡Qué Batman ni Hombre-araña!

¡Es todo un lujo para los niños poder personificarlo!

La Música del Loque es una sugestiva cantinela desprovista de acompañamiento percusivo. Es minimalista, fácil de recordar y bien reconocible por la presencia de un logotipo melódico característico: siempre el mismo.

Mas, el detalle extraordinario es que, en la misma cuna del Sicuri, ¡su Música no se dialoga, ergo: los mencionados atados de sicuta no son propiamente sicus!

Él que haya intentado tocar un Loque sabe muy bien cuán ímprobo es… Pues, no hay descanso que permita relajar la boca y aprovisionarse de aire; por lo tanto, el desarrollo melódico se halla sujetado a las exigencias respiratorias de los sopladores; lo que significa que las frases no pueden superar cierta amplitud y deben componerse de sonidos cortos (para ahorrar aire) que sean posiblemente consecutivos en la escala (para evitar saltos arriesgados). Por ende la falta de diálogo musical caracteriza el fraseo del Loque perjudicándolo bravamente, si es cierto que le impide alcanzar el respiro necesario para sublevarse… y lo relega al nivel de un eterno esbozo musical (por más poético que pueda ser).

La coreografía de esta comparsa se ve toda descompaginada; pues, en su panda, cada uno se mueve por propia cuenta. La danza del Loque más se parece a un repertorio de ademanes de combate que a otra cosa. ¡Cuidado sobretodo con su cola! Puesto que sabe menearla sorpresivamente a diestra y siniestra, por medio de serpentinas y repentinas medias vueltas, azotando aquel desventurado que se encuentre dentro de su rayo de acción.

Proverbiales antagonistas de estos Loques son los Soldados Palla palla, quienes también desfilan por las calles de Conima esa misma noche (y que muy probablemente ni siquiera saldrían a patrullar el pueblo si no hubieran Loques por perseguir…!) Estos soldados se colocan en el extremo opuesto.

Van marchando en pelotones bien ordenados; llevan elegantes trajes militares al estilo húsar, con su gorra alta, charreteras doradas, franjas cruzadas en el pecho; botas de cuero a la rodilla; guantes blancos y su sable de madera al hombro: todo perfectamente en su lugar. Parecen sacados en serie del molde del famoso Soldadito de Plomo de Hans Christian Andersen.

El capitán se manda al ataque a paso de marcha, apuntando su arma por delante. Todos los soldados son adultos y tocan Sicus, pero rigurosamente acompañados por bombo y caja militares, recordando el Phusamoreno mestizo. Como si no fuera suficiente,  tropeles de Negritos o Tundiques rondan a su vez por el pueblo, haciendo bulla con bombos, güiros, sonajeros y matracas y tratan de entrometerse en los roces de esa pareja de inseparables. Debajo de su sombrero de paja, su rostro oscuro como la misma noche saca descaradamente la lengua. Ellos también pegan… ¡Con sus mazos!

March of the Wooden Soldiers

Si bien me doy cuenta que un plagio entre las dos representaciones es imposible, no puedo eximirme de relacionar la iconografía conimense con un querido recuerdo de mi primera infancia. Un domingo por la mañana, en el cine parroquial del barrio, dieron una película de el Gordo y el Flaco titulada: “Stanlio e Ollio nel Paese delle Meraviglie” (también conocida como “March of the Wooden Soldiers”: la Marcha de los Soldados de Madera).

…  En una fábrica de juguetes -que más se parece a un acaramelado País de las Maravillas- nombrado “Toyland”, el pérfido marqués Barnabás amenaza la serenidad general. Acechando sus sucias movidas descubrimos que, justo debajo del País de los Juguetes, se extiende un mundo subterráneo hecho de tétricas galerias y cuevas, llamado “Bogeyland” (el País de los Ogros) donde moran horribles criaturas pardas, peludas y colmilludas.

Último detalle para nada deleznable: los dos mundo hállanse separados por un foso de aguas turbias atestado de aligátores…

No consiguiendo sus voluntades por medio de las intimidaciones, Barnabás levantará una horda de ogros para atacar el indefenso Toyland; pero el Gordo y el Flaco pondrán en movimiento un ejército de soldados de madera (del todo parecidos a sus colegas Palla pallas), apretando un botón blanco que estos soldados llevan en su espalda (“Sicur Muñeco”, carátula de Opus Primum ndr.)- y así, por medio de esta mecánica armada, rechazarán la perniciosa invasión hasta su oscura morada en el centro de la tierra, re-estableciendo el orden cósmico.

En mi temprana edad -habré tenido siete años a lo más- quedé muy impresionado por el inesperado contraste entre los dos países: el primero -compuesto por chupetes, juguetes y un acervo de otros sueños infantiles materializados- se veía demasiado tranquilizante; el segundo -donde se guarecía el viejo Barnabás, negro y achacoso como su avaricia- era inquietante por demás, al igual que sus monstruosos habitantes desgreñados y descoordinados en todos sus movimientos.

Era como si, en el laboratorio químico de Dios, todo el Bien y todo el Mal del mundo hubieran sido separados y luego imprudentemente guardados en dos provetas adyacentes. La instabilidad de este equilibrio me causaba unas ansias de pesadilla: ¡el enfrentamiento era, pues, inevitable! Pero los buenos parecían totalmente desprevenidos, incapaces de pelear…

Cuando los ogros, con sus patas negras, al fin penetran en el dulce “Toyland”, se produce algo como una violación; pero de pronto descubrimos que son totalmente brutos, viendo la forma en que saquean codiciosamente, sin criterio ni organización alguna, cada cual por su lado. Viceversa los buenos tratan de coordinarse… Por más débiles que fueran, ellos conocen el arte de funcionar en equipo y así consiguen alguna pequeña represalia.

A pesar de ello, las fuerzas se ven demasiado desequilibradas; pues la derrota del Bien parece inevitable hasta que, en un trágico momento, el mismo Toyland parece a punto de transformarse en un infierno orgiástico. Entonces entran en acción los valientes soldados y, al son de una épica marcha-juguete, invierten la situación.

Ese domingo, terminada la película parroquial, me sentía feliz como nunca y hubiera querido volver a verla de inmediato… mirarla y mirarla toda la vida: el caos había sido controlado; el miedo, vencido! Sobretodo amaba la metódica avanzada de esos imparables soldados de madera.

Génesis del Sicu

A mi modo de ver, la noche de Pascuas, en Conima, ocurre algo parecido: los ingredientes de la torta están todos, pero el cocinero es tan desprevenido que su cocina se halla en un desorden galáctico: a cada momento, cada ingrediente puede ser atropellado.

En una tarrina está una asfixiante disciplina (Soldados); en otra, una indómita rebeldía (Loques) y, en un tacho a parte, un hedonismo descontrolado (Negritos)… Por un lado están las cañas -pero en bruto: todavía verdes y desparejadas- por otro, los bombos apabullantes -siendo huérfanos de melodías- y finalmente un rigor marcial que, considerado como un fin en sí mismo, queda del todo deshumanizado. Todo eso, tan crudo como está, aun no es comestible: primero necesita ser cocinado.

Por un salvaje instinto de auto-conservación, cada uno de estos tres principios elementales lucha para cristalizarse tal cual, sin pasar por la intermediación con sus contrincantes. Sin embargo, a partir de este caos nocturno en constante revolvimiento, va gestándose una nueva criatura. Conforme surge, rosada, el alba del domingo de Pascuas, la braza onírica se apaga; los monstruos vuelven a sus secretas moradas en los substratos de la conciencia y surge el canto incomparable de los Sicuris conimenses, fruto de la sublime combinación armónica entre todos aquellos ingredientes.

Superado el rito de iniciación, los púberes destruyen sus flautas de Sicuta (este material no aguanta la sequedad sin rajarse; por ende procura deshacerse solo, a penas asomen los primeros rayos del sol) y mudan su vieja piel de Loque, hecha de materiales corruptibles y desechables como lo son el papeldiario, los penachos de totora y las espinas de cactus, que tan solo funcionan de noche. A los Negritos (que bastante nos recuerdan los ogros de la película) se le cae su obscena lengua y se le destiñe su rostro nocturno; mientras los mismos Soldados desvisten su uniforme galoneada… Un mundo entero se desvanece en el aire matutino y ahora todos son simplemente Sicuris, sin disfraz alguno.

Los adolescentes agarran instrumentos nuevos, hechos del  preciado material llamado Cañahueca: una substancia seca, liviana, sonora y amarilla como el sol (ahora sí, compaginan perfectamente con su propia tropa) y empiezan a mover sus primeros pasos en el arte excelso del diálogo musical.

“Nada se crea, nada se pierde: todo se transforma.”

Asimismo podríamos preguntarnos… ¿Qué pasaría en “Toyland” y en “Bogeyland” el día después de la batalla?

De seguro semejante enfrentamiento tendría sus consecuencias: los “buenos” ya no se descuidarían tanto; los “malos” aprenderían de los “buenos” a organizarse mucho mejor y quien sabe si, en un futuro ni tan lejano, pueda surgir alguna forma de intercambio entre países desde ya enterados de su propia coexistencia y así… poco a poco… conseguirse alguna forma de concordia -léase “diálogo sicuriano”- y finalmente… La Paz.

Felice M. Clemente
Il Laboratorio delle Uova Quadre