MÚSICA ANDINA

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Por cierto el reconocer la simple existencia de una “Música Andina” presupone la identificación previa de al menos otras dos categorías. Una, de orden territorial, que postula la existencia de un “Mundo Andino” y otra, de tipo antropológico, que le confiere una identidad cultural: la “Cultura Andina”.

Así que la Música Andina es parte integrante de la Cultura Andina, vigente en el Mundo Andino… y sin embargo la amplia extensión geográfica de este último se halla actualmente repartida entre cinco o hasta seis repúblicas soberanas e independientes; cada una con territorio y cultura nacionales propios.

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A raíz de ello podemos afirmar que existe una cultura andina peruana, una cultura andina boliviana, una ecuatoriana, una argentina, una chilena etc… y cada una de estas contiene una peculiar música: música andina peruana, música andina boliviana, ecuatoriana, argentina, chilena etc…

  Además, como bien sabemos, las mismas áreas andinas presentes dentro de las fronteras de uno sólo de estos países también se distinguen entre ellas por geografía, etnia y cultura:

Cordilleras, valles, altiplanos, cejas, tierras altas y bajas, secas y exuberantes… y en cada topografía hallaremos un pueblo con su propia cultura y música.

De repente aparece la música (andina) del “centro” o del “sur” peruano, la música del “norte de ecuador” o del “noroeste argentino”, del altiplano boliviano o del norte grande chileno etc… y, una vez más, en una sola de estas regiones musicales -por ejemplo el sur peruano- ubicaremos entre otras a la música cusqueña y en ella un sinnúmero de expresiones provinciales, locales, urbanas, pueblerinas, comunales y finalmente de conjunto o personales.

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Imaginemos lo recién expuesto multiplicado por todos los “tiempos” de su larga historia -desde la antigüedad documentada hasta el siglo XXI- y ahora añadamos la “música andina de exportación” (en su momento conocida en Perú como “Latinoamericana”) a menudo del brazo con el “pop andino” y todas sus variantes americanas y extra-continentales, con relativas modas y tendencias históricas… demasiadas para ser enumeradas aquí: desde el jazz de Yma Sumac hasta las “evocaciones” de los American Natives pasando por los Incas, Illapu, Kjarkas, Alborada etc…

Evidentemente nos hallamos frente a un importante fenómeno de carácter proteiforme, bastante complejo, cuyos límites resulta hoy difícil determinar.

A la luz de lo expuesto, cuando alguien nos dice “me gusta la Música Andina” (¡como si supiera exactamente de qué habla!) o cuando nosotros mismos tenemos que responder a la fatídica pregunta “¿De qué música se ocupan?” o peor, cuando nos solicitan compilar un artículo sobre ella… inevitablemente sentimos un profundo azoramiento. Es que sus dimensiones y naturaleza son tales que -valga la metáfora-  cual gran partido político de mayoría absoluta, en sí misma ella contiene el entero arco parlamentario, de izquierda a derecha, he allí incluida toda endémica contradicción.

Ahora la primera pregunta que se nos ocurre proponer es: ¿Habrá algo que acomuna todas las “músicas andinas”? Pues, quizá la mejor estrategia para encarar esta ballena blanca sea la de apuntar a su corazón; a su raíz/origen, sin detenerse en salas y salones intermedios, por más cautivadores que fueran… y puntualmente aflora el segundo interrogante: en el mastodóntico cuerpo de semejante Leviatán ¿dónde estará ubicado el corazón?

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De seguro debe estar bien protegido en un lugar insospechable… ¿o a lo mejor no? desapercibido bajo la nariz de todos… ¿o quizá las dos cosas a la vez?

Lo cierto es que nos parece muy difícil imaginar una verdadera comprensión del fenómeno aquí llamado “Música Andina” que prescinda de éste hallazgo, como también de la visión global de su corpus magnum; el mismo que bosquejamos en las premisas… y, paulatinamente, caemos en cuenta de cómo éstos territorios conceptuales se encuentren aun tan incógnitos e inexplorados como la Música Andina misma, a pesar de las pocas o muchas teselas que cada uno de sus operadores maneja.

En otras y más claras palabras: un reconocido quenista urbano “profesional” como el argentino Jorge Cumbo podría no estar mínimamente enterado de lo que toca el pitero q’ero Vicente Puma Tecse y viceversa.

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Piteros en Inti Alabado, Qoyllurrit’i / Cuzco (Foto Frida Ibañez Ayerve)

Sin embargo el mosaico total no sólo incluye las teselas de ambos sino que también, de alguna manera, estas últimas encajan, ignorando los actores por completo el cómo y el por qué.

Por parte nuestra, si tuviéramos que responder a estas dos preguntas, después de cuarenta años de seria investigación diríamos que el “quinto elemento” común a toda la Música Andina es una potente matriz estética de carácter impalpable pero omnipresente -aunque en dosis más o menos consistentes (y en algunos casos hasta homeopáticas!) – en todas y cada una de sus expresiones.

En el decálogo de dicha matriz figuran, entre otros, valores fundacionales como la “continuidad” del flujo melódico aéreo, la imperante búsqueda de alta “temperatura armónica” en los sonidos y ciertas inequívocas estructuras como por ejemplo: AA – BB repetido + fuga.

En cuanto a la continuidad, ésta suele obtenerse a través del diálogo entre instrumentos de viento homófonos y se puede observar tanto en las tropas de sicus puneñas como en las orquestas de saxofones huancaínas o en los dúos de kinray pito -siendo todos estos orgánicos de carácter muy armónico- mas, no hallaremos traza de aquella continuidad ni temperatura armónica si escuchamos “Llorando se fue” (Kjarkas) aunque sí, en ésta composición podremos reconocer la mencionada estructura.

Con respecto al segundo Quid, efectivamente el corazón está… ¡muy bien protegido bajo la nariz de todos!

En realidad trátase de una inmensa red neural hecha de miles de personas que, como células, van sintetizando cada una su respectiva proteína a través de una infinidad de micro-gestos presentes en sus ejecuciones musicales, manteniendo vivo y activo el enorme circuito linfático.

Eso era lo que hacía un Leandro Apaza, fallecido y recordado arpista ciego del Hatun Rumiyoq, para los ajenos transeúntes que de vez en cuando le echaban unas monedillas. 

Pues, para la Música Andina y su buen estado de salud, él no fue menos importante que el autor del Cóndor Pasa.

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Raffaele M. Clemente y Felice M. Clemente

(Illustrations by Felice M. Clemente)

Il Laboratorio delle Uova Quadre