ESTEBAN JARRO

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Potosí – Diciembre 1986

Era un hombre alto y corpulento. Por su tamaño y por el singular blancor de su tez, destacaba entre sus gentes en plazas y ferias. Llevaba siempre bajo el brazo uno de esos charangos a medio acabar, del campo, de tinte anaranjado que, entre sus anchas manos, parecía un extraño juguete musical. Inconfundible, con su sombrero de paño de amplias alas dobladas a los costados, sus ojos escondidos detrás de unas grandes gafas de espesas lentes obscuras, iba siempre acompañado por sus niños, sin bastón ni perro…

Ya lo habíamos notado en el mercado mientras hacía tintinear su pequeño instrumento entre baldes de hojas de coca. A tramos se formaba un breve corrillo alrededor de él; pero al rato cada quien desaparecía corriendo tras de sus impostergables compromisos.
Sí, porque, viéndolo tocar, pareciera lo más fácil del mundo y estoy seguro que más de uno sufrió la tentación de adquirir aquel charanguito mágico con la ilusión de poder aprender sin mucho esfuerzo, atribuyendo mayores méritos al instrumento mismo que a su intérprete: ése extraño personaje de semblante torpe y expresión ausente, un tanto atontada…

Pero finalmente todos preferian dejar sus billetes seguros en los bolsillos y se alejaban a largos pasos hasta perderse en la multitud, borrando aquella escena de la memoria.
Ahora Don Esteban había venido a visitarnos para enseñarnos su mercadería con más tranquilidad. Personalmente, cuando lo divisé enmarcado en nuestra puerta jamás hubiera imaginado que, de ahí a unos cuantos ratos, él también nos abriría otra puerta: la de su pasado, con sorprendente desenvoltura.
Su vocecita tenue y aguda y sin embargo sosegada, segura (como canto de fantasma proveniente de otro mundo) pronunció más o menos las siguientes palabras:

«No, yo no hago Charangos […]»

… Agotado el cuento, acabado el tema, Don Esteban dejó sus charangos sobre nuestras camas; guardó sus ganancias y desapareció sin más, bajando por la escalera de madera…
¿Acaso sabría en su íntimo por cual extraña razón había querido revelar sus secretos a unos “gringuitos” desconocidos?
Él, que no pudo ver el color de nuestra cara, tal vez alcanzó a ver algo más en nosotros, con la mirada sutil y profunda de su corazón…
… Don Esteban… ¿Dónde andará ahora?
Yo se que sigue ahí, con su charanguito bajo el brazo… Y en ese mismo instante sus manos de campesino, de minero, hechas para escarbar terrones, acarician las cuerdas dulcemente como saben. Y, que derramen alegria u amargura, siempre ha de ser con la dignidad de un alma redimida, por alguna esquina de una que otra ciudad andina.

Felice M. Clemente – 1990

Il Laboratorio delle Uova Quadre

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Esteban Jarro (Felice M. Clemente, 2000)