SICU de NAVIDAD

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Capítulo 1°: «Encuentro»

La primera vez que pude ver un sicu aymara desde cerca fue más o menos en esta misma temporada, en Berna, ciudad situada en un valle alpino de la parte alemana de Suiza; corría el año 1976.

¿Porque allá? El padre diplomático de mi compañero de colegio más querido, un tal Laury, había tenido que mudarse en esa localidad con toda su familia por motivos de trabajo; pues mi hermano y yo, poco más que niños, después de tanto fregar, al final habíamos logrado ser despachados en un tren directo desde Roma con nuestros documentos de expatrío colgados al cuello. Nuestro afán era el de reunirnos con Laury para preservar y reafirmar nuestra preciosa amistad frente a la tiranía de los adultos, a pesar de la enorme distancia que nos separaba. Fue esa nuestra primera aventura internacional.

En aquel entonces la Música Andina ya dominaba nuestros sueños; pero las tiendas de música y discos de nuestra ciudad natal, Roma, ofrecían poco o nada sobre el argumento. Pues, por nada al mundo hubiéramos renunciado a la inédita oportunidad de revisar las tiendas de Berna, en busca de alguna pieza andina que no podíamos conseguir en Italia.

La tienda se ubicaba en pleno centro, lejos de la casa donde alojábamos; Laury nos guiaba. Se accedía en ella como en un sótano, por una escalerita que desembocaba en un local subterráneo; sin embargo el lugar, todo acolchado y lleno de instrumentos musicales, se veía maravilloso. Destacaban unas cuantas cabinas equipadas con auriculares para las audiciones previas; lo cual aun no existía en nuestro “barbárico” país, donde tenías que guiarte exclusivamente por las imágenes de portada a la hora de escoger un disco.

Rodeados de artículos por lo general blancos y negros (los colores de la música de aquí) como teclados, guitarras y bajos eléctricos, piezas de batería -sin olvidar la presencia de muchas guitarras clásicas, acústicas, semi-acústicas etc.- nos pusimos a escuchar un disco con una carátula inolvidable, llena de zampoñas de diferentes tamaños sobre fondo rojo y un simpático diablito verde que asomaba entre ellas cual serpiente tentadora. Recuerdo perfectamente que, en una sola cabina, los audífonos no alcanzaban para los tres y que, osando escuchar de a dos en un solo audífono, fuimos reñidos gentil y tajantemente por el personal de servicio. Poco importaba: nuestra audición iba alcanzando su clímax y la imposibilidad de escuchar aumentaba aun más nuestra fiebre musical.

Desde una pared de la sala, colocada a la izquierda de la entrada justo frente a las cabinas, un sicu aymara nos miraba silenciosamente, sin que nosotros, en medio de tanto alboroto, nos hubiéramos percatado de ello. De pronto lo vimos. Al toque dejamos de escuchar los discos: esta aparición fuera de programa superaba nuestras más atrevidas fantasías. El instrumento colgaba a cierta altura sin ninguna protección; y ahí abajo estábamos los tres mirando, totalmente embelesados. Su aura casi palpable parecía hablarnos y nos decía:
«Despacio conmigo. Mucho cuidado: mirar sin tocar»

No era un sicu completo, más bien solo una parte de él. No tenía ni seis ni siete tubos, tenía más. No tenía la medida de una malta, no, era más grande. Se le veía inmenso y repleto de cañas, con su doble hilera de tubos: un verdadero órgano… ¡¿Cómo harían unos niños como nosotros para orientarse en semejante cañaveral?! Desde su pared apartada, esa cosa triangular de semblante y substancia uniforme, hecha de pura caña de un característico color yute claro, colocada al sesgo, se mantenía distante de los demás instrumentos de la tienda y parecía dominarlos a todos en su misteriosa extraneidad, en su preciada fragilidad.

Spiegel - Bern
Spiegel – Bern / Switzerland – 1976 Desde la izquierda Raffaele M. Clemente, Felice M. Clemente, la perrita Celte y Laury

Capítulo 2°: «Compra»

Después de un largo rato de contemplación, coincidimos en enviar al más descarado de los tres -Laury, me parece- a pedir si alguien nos podía bajar el instrumento para poder verlo a detalle y, de paso, explicarnos cómo funcionaba. A eso nos fue contestado con otra pregunta:

«¿Por cierto ustedes quieren comprarlo?»

Bueno, la verdad no teníamos más dinero que para el disco (que ya estaba pagado). Viéndonos callados, el vendedor adusto agregó:

«Este instrumento no puede ser manoseado ni probado. Como ven es sumamente frágil y es el último que nos queda de una partida proveniente ni más ni menos que desde los lejanos Andes de Latinoamérica. No sabría decir cómo funciona; solo sé su nombre, porque está escrito en una etiqueta que debería estar por aqu… – y buscó atentamente en el cuerpo del instrumento hasta encontrar el nombre:

«SI-CU (pronunció diligentemente con dejo suizo) ¿Entonces, lo van a comprar sí o no?»

Nos miramos los tres, luego miramos de vuelta hacia la pared como magnetizados por un imán invisible que no nos quería soltar, sin atrevernos en decir nada…

«Yo no tengo tiempo por perder: piénsenlo con calma y luego me avisan»

Ya era hora de irnos y seguíamos clavados ahí. Todos pensábamos lo mismo: no era posible perder semejante oportunidad; mañana tal vez hubiese sido muy tarde… Tratándose del último ejemplar, el riesgo de que alguien se lo llevara antes que nosotros era demasiado alto. Pero dinero no había… ¡¿Qué podíamos hacer?! Al final, con las caras largas y -como quien dice- con el rabo entre las piernas, tuvimos que salir de ahí con nuestro disco pero sin el tan suspirado sicu; mientras el amigo vendedor desaprobaba meneando la cabeza. Humillados, nos subimos al tranvía sin proferir palabra. Estábamos ya a medio camino, cuando Laury se animó:

«De pura casualidad, hoy mi Papá está en casa… se me ocurre que podría intentar hablarle del asunto. Es Navidad pues… No me lo va a negar… Además quiero dejarles un recuerdo de mí… ¡Pero tenemos que apurarnos, porque mañana ustedes ya se van! »

Recorrimos el trecho que separaba el paradero de la casa a toda carrera y, a penas entrados, Laury se introdujo en el aposento de su padre, cerrando la puerta detrás de él. Después de unos pocos instantes salió triunfante blandiendo en el aire un variopinto billete suizo. ¡Increíble: el mismo adulto despiadado que había sido responsable de la tragedia de nuestra separación, recién acababa de echarnos la mano! Sin tratar de comprender, nos arrojamos otra vez en la calle mientras, en la esquina, ya iba asomando el tranvía que (¡Bendita sea la puntualidad suiza!) nos llevaría a la tienda justo antes de que cierre. De mala gana, porque ya debía marcharse, el empleado agarró el sicu y lo puso tal cual en un bolso de papel; pues, de tantos instrumentos en venta, tal vez era el único en no tener funda propia. Costaba la friolera de treinta francos: una pequeña fortuna. Salimos de la tienda con esa cosa de cañas entre los brazos y… sorpresa: no tenía peso.

Nevaba. Del bolso asomaban los nudos de los tubos más largos. Hubiéramos querido sacar el instrumento ahí mismo para poder examinarlo, palparlo, soplarlo… Pero tuvimos que aguantarnos hasta la casa porque, mirando sus extremidades, nos dimos cuenta que se habían bruñido, lo cual nos llevó a temer que le afectase mucho el frío de la nevada.

Bern
Bern / Bänkli mit Schnee vor dem Brunnen in der Marktgasse.

Capítulo 3°: «Acercamiento»

A casa enhorabuena, acuclillados en círculo sobre la alfombra del salón, poco a poco empezamos a familiarizarnos con lo que habíamos conseguido: un sicu de a veras (¡!). Todo en él me impresionaba. El material primero, esas cañas nunca vistas, de pared tan fina y tan largas de un nudo al otro: cañas extraordinariamente preciadas, provenientes desde incógnitas geografías ¡Qué diferencia con nuestros pobres carrizos para plantar tomates; con los toscos, espesos y sordos bambúes que habíamos robado, con tanto riesgo, del parque del colegio francés para realizar nuestros primeros esbozos de flautas de pan andinas! Qué levedad… Qué delicadeza… Qué elegancia… ¡Y que miedo de romperlo!

Acercando su embocadura a nuestras caras, cada uno de nosotros aspiró por primera vez en su vida ese aroma inolvidable como a finísimo y dulcísimo incienso: él de la cañahueca bien tostada. Pues, cuán importante sea el olor en algo que deberás apoyar a tu boca, cada enamorado lo aprende en el día de su primer beso. Una delicia.

De sorpresa en sorpresa, caímos en cuenta del corte de las cañas: pasando delicadamente un dedo, sentimos que su filo era tan cortante como una lama de cuchillo y, sin embargo, hallábase inclinado de tal suerte que la embocadura de los tubos resultaba inofensiva y hasta suave al contacto con el labio. Nos faltaba el entendimiento para concebir como una mano humana hubiera podido llegar a tanto. Imaginábamos que tan solo larguísimos tiempos de elaboración y sofisticadas tecnologías permitirían ese milagro. Totalmente fuera de alcance para nuestra férvida imaginación juvenil, la verdad: un único y firme gesto; una pequeña cuchilla hecha a mano; un par de vueltas a la caña y eso es todo: tres segundos para alcanzar la perfección.

Por último la cohesión impecable del aparato con sus muchas cañas ordenadas en dos filas, desde las más largas hasta las más cortas; desde las más anchas hasta las más finas, debido a una lógica estrictamente escalar, dependía de una refinada técnica de “amarrado” que no dejaba el más mínimo espacio entre los tubos, asegurando solidéz y elasticidad a toda la estructura. Las cañas estaban como abrazadas a dos distintos niveles de su extensión por cintas del mismo material, que daban varias vueltas en torno al instrumento. Dichas cintas, habilmente dobladas, ceñian los tubos, creando un efecto global de fusión de todas las cañas en un solo e indivisible cuerpo.

Tratando de seguir con la mirada el recorrido del hilo de lana blanca que ataba los tubos, me di cuenta que estaban amarrados de dos en dos -o, mejor dicho, de cuatro en cuatro, considerando las dos hileras juxtapuestas – lo cual entendí ser una estratégia para limitar al máximo las intrusiones entre las cañas. Por otro lado observé que, quizás por la sutil asperidad de su textura, éstas adherían naturalmente unas a otras, sosteniéndose reciprocamente por pares. Considerando la fragilidad de las paredes de los tubos, intuí que, si un amarre muy apretado corría el riesgo de quebrarlos; viceversa, la simple idea de arrimarlos redoblaba su espesor, protegiéndolos, manteniéndolos muy unidos (verso del sicuri). Lejos de mí, en aquel entonces, el otorgar un significado simbólico a todo eso… Pues, no sabía absolutamente nada del mundo del sicu; solo contemplaba un medio-ejemplar de su semblante de caña. Mientras tanto, fuera de la ventana, ya estaba oscureciendo. Silenciosamente los copos de nieve seguían bajando, con su hipnótica danza.

Filo
Sicu, Filo, Cuchilla y Nieve

Capítulo 4°: «Abrazado»

… Pensé que, sin dudas, el todo había sido cosido por medio de una aguja; porque el hilo de lana se insinuaba donde no había paso: tanto entre una vuelta y otra de cada cinta, que en la zona intermedia, entre los dos.

Lo que pasa es que a un sicu siempre se le percibe a través de una u otra de sus caras, como si fuera un objeto bidimensional; sin embargo, también tiene su tercera dimensión: su espesor, por más reducido que sea.
Ahora, si se considera el instrumento frontalmente, las cintas, ajustadas las unas a las otras, se ven perpendiculares a los tubos lo cual es… ¡Errado!
En verdad, disimuladamente, ellas describen una espiral en torno al fajo de las cañas, una espiral escuadrada; por ende viajan sutilmente oblícuas. Esta andadura progresiva y espiraliforme explica el secreto del “amarrado” tradicional, cosa que descubrí muchos años después, viendo trabajar los constructores aymaras. Todo eso colleva una advertencia filosófica: ¡cuidado con confundir un cerco y una espiral!
Es esta última figura en abrir campo a posibilidades ilimitadas, comenzando por el genial “abrazado” sicuriano; pues representa la espiral del desarrollo humano, cognitivo y artístico que debería vincular todos los sicuris en una armónica comunión de intentos, en vista de alcances colectivos cada vez más altos. («Trencito de los Andes», Opus Primum: Egrégores Armónicos / Entidades Sobre-musicales).

Las cintas de caña, envolviendo repetidamente el instrumento, se comportan exactamente como las manos del músico cuando lo cogen y abrigan para soplarlo. Totalmente admirado por ello, intenté varias veces reproducir ese sistema de amarre sin nunca poder desentrañar su misterio y así, todavía por mucho tiempo después de aquel primer acercamiento, me tocó la humillación de tener que suplantar, en mis propias construcciones, el noble “abrazado” aymara con un vil “amarrado en cruz” segregante (porque separa las cañas en vez de unirlas); inflexible y oprimente (porque, apretando con fuerza los tubos, suple su imposibilidad de adherir a ellos); bidimensional (porque no asegura los costados del instrumento); duro, anguloso y torpe (porque prefiere el tajo de la cinta a su dobladura y elige materiales constructivos más sordos y pesados por aguantar mejor su presión); esteticamente disonante (porque la cruz en equis contraviene a la armonía de líneas eminentemente perpendiculares de un instrumento cuyos patrones geométricos son el cerco, el rectángulo y el triángulo rectángulo de hipotenusa en gradas -cual chakana- todos sintetizados por la espiral escuadrada más arriba mencionada); por ende insensato y perecedero (puedo certificar por experiencia propia que el antiguo sistema del “abrazado” en un sicu -muy usado, pero bien conservado- puede resistir más de treinta años… ¿Qué diríamos de su substituto “en cruz”?); Sin embargo, éste último una ventaja la tiene: es más fácil, intuitivo; pues, más … asequible: el “amarrado de los burros”.

¡Si hasta el mismo sicu de lata tacneño reproduce el sistema de amarre tradicional en las soldaduras de sus fajas de metal por algo será!
En lo que concierne la técnica de ensamblaje, la tercera dimensión consiste en el factor tiempo y, más precisamente, en el órden cronológico absoluto e insubvertible de una serie de operaciones concadenadas. Me refiero al hecho que, en un sicu aymara, el amarrado no se limita en consolidar su montaje, sino más bien acompaña su proceso constitutivo paso tras paso.
Eso era lo que mi pobre cabecita, de por si sola, nunca llegó a comprender. Es a la luz de esta concatenación de acciones que la espiral se vuelve fundamental porque, la trayectoria de la cinta de caña, atornillándose, no se sobrepone a sí misma; lo cual significa que, tras una parábola descendiente, cada porción de dicha cinta queda asegurada directamente a los tubos y nunca, hasta el final, a su cara opuesta.
Todo eso me resultó evidente cuando porfín pude ver el constructor aymara que apoyaba la famosa cinta en su pierna derecha y, sin mayores precauciones, ahí mismo colocaba los tubos, amarrándolos cuatro por cuatro, hasta doblar la cinta, dar la vuelta al instrumento y proceder al revés, de la misma manera.
Sin embargo, su trabajo era tan rápido que a duras penas podía entender lo que estaba pasando; pues, solo alcanzaba a ver como el sicu se armaba entre sus manos sin necesidad de un solo punto de apoyo; como, de ellas, brotaba ya perfecto después de un minuto o poco más.
Ese efímero milagro, tan expectacular cuan ancestral, se debe a la inteligencia de un proceso correcto en cada una de sus etapas, como una serie de puertas que solo se abren una tras otra.

Por mi parte, hubiera podido esmerarme toda una eternidad: si no aciertas el comienzo, conseguir el resultado final es simplemente imposible; por otro lado, a partir de un acabado, llegar a deducir, paso tras paso, el procedimiento serial de su ontogénesis puede llegar a ser un enigma de alta matemática.
Tal puede definirse la sapiencia criptada en los gestos seguros y exactos de esas manos analfabetas… las manos ignoradas de este mi pueblo creador (V. Jara).

abrazado
Abrazado, Lata, Espiral y Luriri

Capítulo 5°: «Titubeos»

Ahora bien: ahí tenemos nuestros tres niños acuclillados sobre la alfombra con un solo triángulo de cañas al medio. ¿Quién tomaría la iniciativa? Laury no tocaba nada; solo participaba de nuestro sueño en calidad de experto soñador… Su especialidad era la fotografía. Yo sabía muy bien que no me tocaba a mí.


Mi hermano menor, que todo lo hacía sonar, agarró el aparato y lo acercó a su boca para soplarlo, una vez por todas y para todo el colectivo. Dondequiera que soplase el instrumento producía sonido: notas agudas de un lado; más graves del otro.

Primera hipótesis: ¿será posible que el instrumento se toque por ambos lados, dándole la vuelta? Desde el lado agudo, de arriba hacia abajo, la escala de las notas seguía el dibujo en gradas descendientes de los nudos; viceversa, la gama de sonidos emitidos desde el lado grave no correspondía a la longitud de las cañas; más bien saltaba arriba desde un tubo intermedio en adelante, volviendo a bajar paulatinamente hasta el último y más largo, en la extremidad derecha; sin embargo la sutil presencia de halos bajos, colaterales a los sonidos agudos de las cañas más grandes, nos llevaban a sospechar que a lo mejor había que praticar más para sacarle cuerpo a estos sonidos.

Segunda y más acreditada hipótesis: puesto que, por el lado agudo, la escala parecía coherente y que los bajos quedaban a la izquierda -como en un piano- el instrumento se tocaría solo por ese lado. Pues, de ser así, lo único que no entendíamos era a qué se debía la añadidura de cañas tan largas al otro lado, puesto que no debían de ser tocadas! Por cierto algo se nos estaba escapando…

En cima, muy pronto nos enteramos de un detalle que nos dejó -si es posible- aun más desconcertados: a pesar de la cantidad de cañas disponibles, las notas eran pocas e incomprensiblemente repetidas arriba y abajo, tanto por un lado que por el otro; de tal suerte que mi hermano, esa vez, no pudo arrancarle al sicu ni siquiera una simple “melodía andina”; tan solo notas sueltas o bien una que otra breve célula de dos o tres sonidos.

¿Qué pasaba? ¿Cuál era la lógica musical de este extraño aparato? Claro que presentíamos que algún dato clave nos seguía faltando, pero jamás hubieramos imaginado que nos faltaba ¡la mitad de un instrumento entero! Por cierto la etiqueta decía “sicu” ¿o no es cierto que en la misma tierra aymara se denomina genericamente “sicu” también a un solo elemento del par, considerado por separado?

sicu
Alle prese col Sicu (Colchane)

Capítulo 6°: «Aclaraciones»

En cuanto a la “alternativa doble”, es decir, a la posibilidad de tañer las mismas notas a distancia de una octava dando vuelta al instrumento, pues, querido lector, si eres sicuri ya habrás entendido que esa idea peregrina se originaba en la presencia de la denominada “carga” o “caja de resonancia” del instrumento.
Si eres neófito, es preciso que te informe de la presencia -observable en los sicus nativos- de una fila adicional de tubos, colocada detrás de la fila principal, la que se sopla.
Por más que nunca se toque intencionalmente, con el tiempo fuí descubriendo que esta segunda fila existe por muchas excelentes razones de orden constructivo/protectivo, acústico y filosófico.

No pienso explayarme ahora sobre este tema. Solo me apremia decir que la providencial presencia secular de esta “carga” en el cuerpo del instrumento no es eventual; pues comporta algunas relevantes indicaciones sobre la manera correcta de agarrar el sicu y de interpretarlo. Primero, el espesor doble de un sicu con carga impide sobreponer sus dos mitades para tocar solos, tergiversando así su esencia dual (con la excepción de la modalidad “secreto”, que prevee la posibilidad de susurrar solos una melodía, sin hacer sonar los tubos, a titulo privado, de estudio o muestra).

Segundo, su colocación nos indica en términos espaciales, en que sentido se desarrolla una escala ascendente en el mundo musical del sicu. Y sí, señores, se da el caso de que el sentido indicado sea de derecha a izquierda, como en la escritura arabe o japonesa, y no el contrario, como se lo puede observar en cualquier teclado.
Queda una vez más demostrada y reafirmada la irreducible diversidad del sicu, instrumento de genealogía precolombina, enciclopédia viva y vibrante de las concepciones milenarias del hombre andino.

A esto quiero añadir que, como vislumbramos jugando sobre esa alfombra en la sala de mi compañerito Laury, la congénita producción de armónicos sobretodo en las cañas bajas pone en discusión el concepto mismo de “alto y bajo”, puesto que, muy a menudo, en una buena ejecución sicuriana, un tubo corto, produciendo un sonido más concentrado en una sola frecuencia, puede sonar más bajo que un tubo largo, con su riqueza multifónica envolvente, lo cual nos lleva a encarar una entidad musical tan fundacional en la estética andina cuan desconocida en el restante mundo de la música: la Octava Circular.

spirals
Spirals (M. C. Escher)… Ecuación de Belleza

Capítulo 7°: «Canto»

Y ahora buscaré las palabras para tratar de describir la emoción que me causaron esos primeros sonidos de sicu, escuchados en vivo y en directo…
¡Ay, cuán importante es la calidad de la caña, su mínimo espesor, el corte de su embocadura! Esas cañas sonaban clarito como ningún otro instrumento que jamás había escuchado: cada una tenía su propia voz y el multiforme canto del sicu parecia envuelto en una vaina de soplido; su crujido cortaba el aire por medio de un zumbido sobreagudo, casi imperceptible.

Estos sonidos no eran simples sonidos; eran fenómenos acústicos complejos, de sutileza inaudita. Por más suaves que fueran, yo los percibía como amplificados; esculpidos en el aire, penetrantes, llenos de aliento y poesia. Sí, no tenía dudas: allí estaba el alfa y el omega de todos nuestros sueños musicales habidos y por haber.
Tanto fue el temor reverencial; tanta la impresión que me causaron esos sonidos, que aquella tarde no osé sacar ni una sola nota del instrumento. Me limité a escuchar los maravillosos intentos de mi hermano; lo cual ya me parecía mucho.

Durante la noche el canto de la caña no me abandonó por largo rato todavía, resonando, dulcísimo, en mi imaginación de “niño-sicuri”.
A la mañana siguiente, nos marchamos de la casa de Laury para regresar a Roma. No obstante nuestros planes de re-encuentro, finalmente nos perdimos por los rumbos de la vida…
Él terminó en Francia, intentando la carrera de director de cine; nostros volvimos a casa, cargando esta cosa de aire y cañas sin peso que, hasta ahora, nos demanda tanto afán y compromiso.

auguri
Buon Natale a Tutti / Felíz Navidad / Joyeux Noël / Merry Christmas

 

Felice M. Clemente / Il Laboratorio delle Uova Quadre